Freixenet ya no es española
El grupo alemán Henkell ha comprado el 100% de la compañía, cerrando una etapa que había durado más de un siglo. Lo que empezó como un proyecto familiar en Sant Sadurní d’Anoia, ligado a la tierra, al esfuerzo y a generaciones que entendían el cava como algo más que un negocio, pasa ahora a manos de una multinacional cuyo lenguaje es otro.
Durante años, la transición fue gradual. Primero llegó ese 50% en 2018, una convivencia que todavía mantenía cierto equilibrio entre la lógica empresarial y el peso de la tradición. Pero con la salida definitiva de la familia Ferrer y de José Luis Bonet, ya no queda nadie de quienes heredaron, construyeron y sostuvieron la identidad de la marca española. Se van ellos, y con ellos algo difícil de medir: la memoria.
Porque la historia de Freixenet no era solo la de una empresa de éxito. Era la de una saga marcada por la filoxera que arrasó viñedos, por mujeres que levantaron el negocio en tiempos imposibles, por decisiones arriesgadas que llevaron el cava español al mundo. Era también la de aquellas burbujas que cada Navidad parecían pertenecer un poco a todos.

Ahora, ese relato queda en manos de un grupo alemán que, aunque habla de continuidad, sostenibilidad y visión compartida, observa el cava desde una lógica inevitablemente distinta. Más industrial, más global, más orientada al rendimiento. Y ahí es donde surge la inquietud: no tanto por lo que se dice, sino por lo que puede dejar de entenderse.
El cava no es solo un producto competitivo en el mercado internacional. Es tiempo, es clima, es una forma de hacer las cosas que no siempre encaja con la urgencia del beneficio. En el Penedès, además, la realidad ya venía golpeando fuerte: sequías históricas, caída de la producción de uva, expedientes de regulación que afectan a cientos de trabajadores. En ese contexto, el cambio de manos no se percibe como una oportunidad limpia, sino como una capa más de incertidumbre.

Quizá Freixenet seguirá liderando ventas. Quizá las cifras continúen creciendo bajo la gestión de Henkell. Pero la pregunta que queda flotando es otra: qué ocurre cuando una marca que nació de la tierra deja de pertenecer —también emocionalmente— a quienes la entendían desde dentro.
Porque hay cosas que no aparecen en los balances. Y entre ellas está esa conexión invisible entre un producto y su origen. Esa que no se compra, no se vende… y que, una vez que se pierde, es muy difícil de recuperar.